¿No te has preguntado nunca por qué los hombres vivimos de una manera tan complicada? ¿Por qué no nos contentamos con comer, aparearnos, protegernos del frío y del calor, descansar un poco... y vuelta a empezar? ¿No hubiera bastado con eso? Nunca los hombres se limitan a dejarse vivir, sin más jaleos.
Tenemos un cerebro enorme que se alimenta de información, de novedades, de mentiras y de descubrimientos. En cuanto decae la excitación intelectual, a fuerza de rutina, los más inquietos empiezan a buscar, al principio con prudencia y luego frenéticamente, nuevas formas de estímulo.
¿Dónde hay que echar el freno y decir «basta»? Y ¿cómo decidir con qué debemos contentarnos? Se empieza haciendo cerámica de barro y se llega en seguida al cohete que va a la luna o al misil que destruye al enemigo. Se parte de la magia, pero se sigue a trancas y barrancas hasta Aristóteles, Shakespeare o Einstein...
La inquietud nunca falta y siempre crece: ¿para qué soñar con volver atrás, a la primera y relativa sencillez, si es de atrás y de lo sencillo de donde vienen nuestras actuales complicaciones? ¿Por qué suponer que no volverá a traernos por el mismo camino, si fuese posible retroceder hasta ellas?












