Vivimos en un mundo tan acelerado y tan lleno de grandes acontecimientos, que a veces se nos olvida disfrutar de lo cotidiano y de lo sencillo. Sin considerar que esto también es importante y que poco a poco el tiempo se nos va escapando entre los dedos.
Pueden servir de ejemplo, cuestiones tan simples como sentir el frío de la mañana en la cara, respirar el aire puro del campo, escuchar el sonido del agua al correr o el canto de un pájaro. Contemplar las formas irrepetibles de las nubes, o mirar el color del cielo y la luz del sol al final de la tarde.
El problema que nos encontramos, es que estamos habituados a un modo de vivir, en el que “divertirse” se ha hecho imprescindible, a veces absurdamente, de cualquier manera y sin sentido. Aunque ello no signifique el estar bien o el encontrarse a gusto con uno mismo.
Es fácil condicionar nuestro comportamiento, a lo que nos imponen las modas, a lo que hacen los demás, a lo que queda bien visto, o simplemente a gastar dinero. Sin tener en cuenta que como alternativa a cada una de nuestras acciones, o a cada paso que damos, hay un sin fin de cosas sencillas que son gratuitas, a las que raramente prestamos atención, y a las que normalmente no saboreamos en su justa medida.
Texto: Manolo Torres
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