Vivir, es un permanente ejercicio de toma de decisiones, que no siempre podemos controlar, y que a largo plazo, raramente se sabe hasta dónde nos lleva finalmente. Resulta curioso observar como en muchas ocasiones, las opciones más inesperadas y menos previsibles, son las que terminan imponiéndose al cabo del tiempo. Como si los acontecimientos se desarrollaran influenciados por una sucesión de casualidades y circunstancias extrañas, que en ningún momento se nos ha pasado por la cabeza.
En las decisiones, es importante tener muy claro qué metas vamos fijando poco a poco, y avanzar prudentemente para conseguirlas, conservando al mismo tiempo, un ánimo aventurero y de superación.
Pero debemos ser consecuentes y no engañarnos a nosotros mismos, porque frecuentemente, tras el disfraz de la prudencia hay oculto un cierto grado de cobardía y de inmovilismo, que nos lleva al estancamiento o al fracaso. Al mismo tiempo, el espíritu aventurero incontrolado, puede convertirse en una huida hacia adelante, escondiendo miedos al compromiso o a la responsabilidad, disfrazando una incapacidad de gestionar algunas problemáticas personales.

