Si hay algo que nos distingue a los seres vivos, es el que disponemos de la capacidad de adaptación como cualidad fundamental que garantiza nuestra supervivencia. Una adaptación al entorno que nos rodea, a las nuevas situaciones que se nos presentan o, en general, a cualquier tipo de cambio que se produce en nuestras vidas.
Diariamente hay muchas circunstancias que nos van poniendo a prueba, y en las que hemos de ser aire con el aire, agua con el agua o piedra con las piedras. Las condiciones en las que nos toca vivir no son siempre agradables, con frecuencia se vuelven duras y, a veces, llegan a ser amargas y dolorosas. Por eso, las personas que saben adaptase, sortean mejor las dificultades y son capaces de transformar los fracasos en éxitos.
Aunque hay que decir, que desde el punto de vista ético y moral, en el adaptarse no todo vale, y debemos evitar que se convierta en un “sin sentido” y no traicione la propia dignidad personal. Porque a pesar de lo que nos pueda ocurrir, o de los acontecimientos que vivamos, siempre hemos de ser coherentes con lo que somos y cómo actuamos.
Eso no quita que evolucionemos con el tiempo hacia formas de encarar la vida menos idealistas pero más realistas, hacia maneras más prácticas de alcanzar objetivos, o hacia cómo conseguir sentirnos más a gusto con nosotros mismos.
Texto:
Manolo Torres



