Cuando tenemos problemas, los consejos, experiencias y advertencias que nos dan las personas que nos quieren, suelen caen en saco roto. Especialmente, si nos lo indican de manera repetitiva y constante, y si además, ello implica un esfuerzo y un sacrificio. Oímos con interés al principio, después poco a poco empieza a molestarnos y hartarnos. Acabando por habituarnos a lo que nos dicen e ignorándolo por completo.
Pasa lo mismo que cuando llueve después de mucho tiempo. Inicialmente nos llama la atención y nos puede agradar, pero cuando se prolonga, llega a fastidiarnos, aunque progresivamente nos vamos acostumbrando al sonido y dejamos de oír como cae el agua.
Pero, por muy sordos que seamos en esos momentos, no por eso deja de llover, ni de mojar el suelo, formándose charcos cada vez mayores.
Al igual que con la lluvia, el omitir y olvidar los problemas sin afrontar directamente su solución, no hace que estos desaparezcan. Todo lo contrario, pueden hacerse más y más grandes, y ser más complicados de resolver.
Texto: Manolo Torres
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