Entre las virtudes más dignas de elogiar en una persona, está la constancia, que tiene el poder de acumular los esfuerzos, que aún siendo suaves e inapreciables, con el tiempo consiguen cambiar las cosas. El ejemplo típico es el agua y el viento, que con el paso de los años, de forma lenta y sin descanso, desgastan y erosionan piedras y terrenos, creando paisajes con aspectos realmente impresionantes y sorprendentes.
Es curioso, pero es una cualidad que si provoca un efecto que conviene a nuestros intereses, causa admiración y la juzgamos positivamente ensalzándola y denominándola como “constancia” o “perseverancia”.
En cambio, cuando nos disgusta o nos perjudica, la desvalorizamos llamándola “tozudez” o “cabezonería”. La diferencia entre ambos términos, es casi siempre una cuestión de apreciación, que varía de una persona a otra, según el momento, o dependiendo de las circunstancias.
Pero lo que sí está claro es que resulta difícil ser constante en cualquier aspecto de la vida, y requiere de mucha paciencia. Mantener nuestros esfuerzos incesantemente en la misma dirección sin que nos distraigamos, nos decepcionemos o sin que cambiemos en algún momento de rumbo, se hace complicado. Por eso, para ser constante y evitar el desaliento en nuestros planteamientos a largo plazo, es importante marcar metas intermedias, con logros más cercanos y fáciles, que poco a poco nos encaminen y nos animen hacia el objetivo final.
Texto:
Manolo Torres
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