Aquella era una agradable y soleada
mañana de invierno. Mientras caminaba recorriendo Ronda, descubrí un templete
de música situado al final del parque junto al Tajo.
Algunos turistas estaban paseando
por los alrededores o sentados tranquilamente en sus escalones. En el interior,
se encontraba una pareja tocando suaves melodías de Loreena Mckennitt. Ella
tenía rasgos europeos, tocaba el arpa y cantaba en español con una voz
angelical. Él era de apariencia sudamericana y alternaba la guitarra acústica
con la flauta.
En aquel entorno, y con
aquellos sonidos armónicos envolviéndolo todo, flotaba en el ambiente una sensación
casi mágica de tranquilidad y de bienestar. El tiempo parecía haberse detenido,
las prisas se habían evaporado y los problemas estaban en el olvido.
Después de un rato, al
alejarme y en el silencio del parque, todavía se escuchaba la música, cada vez
más débil, hasta hacerse imperceptible por el ruido de los coches. Fue entonces,
cuando de repente, desperté del sueño y me di cuenta que volvía de nuevo a la
realidad.
Texto: Manolo Torres
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