viernes, 30 de noviembre de 2012

El violinista


En 2007, el “Washington Post” realizó un experimento en una céntrica estación de metro, a la hora punta de una mañana de enero. Durante 43 minutos y de manera anónima, el virtuoso violinista Joshua Bell, uno de los mejores del mundo, estuvo interpretando seis de las piezas clásicas más complejas escritas para violín, utilizando para ello un Stradivarius de 1713, valorado en 3,5 millones de dólares.
1097 personas pasaron por delante, camino del trabajo, pero sólo siete se detuvieron, y otras veinte le echaron dinero sin pararse, recaudando un total de 32,17 dólares. Nadie aplaudió, no se formaron corrillos alrededor del músico, y tan sólo una persona se detuvo seis minutos para escucharlo.
Este hecho nos muestra de manera contundente, cómo en muchos contextos, tenemos un comportamiento automático que nos absorbe, que nos ciega y que nos impide apreciar y disfrutar de lo que nos rodea. Estamos inmersos en ritmos de vida que a veces son frenéticos y están llenos de estrés y prisas, de ruido y bullicio, o de superficialidad e intrascendencia. Lo que nos hace alejar la atención y el interés, de cuestiones como la belleza, los sentimientos o de muchos de los valores que nos elevan como seres humanos.
Quizá nos tendríamos que preguntar con más frecuencia, sobre la cantidad de cosas que son realmente importantes y extraordinarias, y que sin darnos cuenta nos estamos perdiendo en nuestra vida diaria, porque tras la rutina y la cotidianidad, no somos capaces de reconocerlas ni le damos el verdadero valor que tienen.
Texto: Manolo Torres


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martes, 27 de noviembre de 2012

Desde otra perspectiva


Con frecuencia nos involucramos tanto en nuestras vivencias y en nuestros problemas cotidianos, que esto nos hace exagerar su importancia, dificultando el que podamos apreciar y observar bien lo que hay fuera de ellos. Así, distorsionamos su verdadera dimensión y no valoramos de una manera proporcionada.
Es como si nos pusiéramos unas orejeras de burro, que sólo nos dejan mirar lo que tenemos delante, o como cuando los árboles cercanos nos impiden ver el bosque, o los edificios que nos rodean no nos permiten apreciar la parte de la ciudad que hay más allá.
Por eso, siempre conviene visualizar las cosas desde otra perspectiva, elevarse y alejarse lo suficiente de ellas para mirarlas desde arriba, al igual que si se tratara de una vista aérea. Analizándolas así, de una forma más impersonal y más objetiva, con menos prejuicios y con menos apasionamientos. A buen seguro, que obtendremos entonces, una visión más completa y sin tantas limitaciones, percibiendo la realidad de una manera distinta.
Texto: Manolo Torres




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viernes, 23 de noviembre de 2012

Días de incertidumbre


Estamos viviendo y atravesando una etapa en la que los días están llenos de incertidumbre. Una época con muchas dudas e interrogantes. Un tiempo en el que las preguntas que nos hacemos respecto al futuro, no tienen una respuesta fácil. Momentos en la historia y en nuestra vida, en los que los horizontes que se nos presentan no quedan claros ni definidos, y aparecen envueltos en sombras y malos augurios.
Sólo el esfuerzo, el sacrificio, la ilusión y el coger el toro por los cuernos, con la voluntad firme de avanzar, son la única esperanza que podemos tener para superarlo todo, y para agarrarnos a ellos como tabla de salvación.
Sin embargo, es muy triste y doloroso mirar a lo que estamos renunciando, y especialmente, ver todas las victimas que está dejando la crisis, con un sinfín de personas sin trabajo, sin vivienda y en condiciones precarias para alimentarse. Más aún, cuando los responsables y culpables máximos de esta situación, siguen en libertad, disfrutando de sus privilegios y de las rentas obtenidas, sin que la Justicia sea capaz de hacer justicia, y consiga depurar todas las responsabilidades.
Texto: Manolo Torres




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lunes, 19 de noviembre de 2012

Desde la barandilla


De vez en cuando, conviene pararse a pensar, y meditar sobre muchos de los aspectos más importantes de nuestra vida. Reconsiderando nuestra manera de actuar, el modo en que afrontamos las dificultades, o hacia dónde nos estamos dirigiendo. Asomándonos así, a una barandilla por la que podamos ver desde fuera, el mar inmenso de nuestro interior, y desde la que nos contemplemos a nosotros mismos tal como somos, con nuestros errores, nuestras debilidades, nuestras cualidades y nuestras ilusiones.
Sin un ejercicio de revisión periódica de lo que somos y de dónde nos encontramos, posiblemente nos embarquemos en una forma de vivir por inercia, llena de superficialidades y en la que no controlemos ni nuestro rumbo ni nuestro destino.
Texto: Manolo Torres



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